- La EAN ofrece cumbre sobre la IA en el campo laboral - 28 de abril de 2026
- Sebastián Yatra en el Movistar Arena 2026: boletas - 22 de abril de 2026
- Kris R firma con Warner y se prepara para el Movistar Arena - 12 de abril de 2026
Había una vez una promesa sobre la mesa: lanzar tres discos antes de cumplir los 30 años. En una industria musical que premia la inmediatez del sencillo desechable, prometer álbumes de larga duración es considerado un acto suicida.
Pero Juan Antonio Carulla, la mente maestra detrás del proyecto Casi, no solo cumplió su palabra, sino que lo hizo pateando la puerta con Si el tiburón se come el cable, un disco que no pide permiso ni perdón para reimaginar a qué debería sonar el rock en esta parte del mundo.
Si alguna vez te paraste bajo la lluvia en un Rock al Parque, este álbum te va a saber a nostalgia. Pues el punto de partida es un homenaje brillante al mestizaje, que cimentaron monstruos como Aterciopelados, La Derecha o Superlitio.
Un realismo mágico que huele a smog
Si el tiburón se come el cable es un sancocho donde chocan de frente el ska, el vallenato, el bolero, la salsa y las guitarras afiladas. Pero el verdadero triunfo del disco está en su narrativa, pues este es un lienzo de psicodelia urbana. Carulla ha escrito la banda sonora de una ciudad fantástica y delirante.
Aquí, los cables de fibra óptica son devorados por tiburones invisibles, y la Plaza de Bolívar es tomada por ratones recicladores que protestan con botas pantaneras en “¡Ay ratón!”, un merengue mutante que raya en una fábula.
El disco es un mapa de supervivencia urbana: “Murciélago” se erige como una oda épica a los domiciliarios de Quibdó, que cortan las tormentas como superhéroes, mientras que “Yo también vi los cerros quemarse” nos ahoga en un bolero-dub melancólico, trazado con las cenizas de los incendios forestales entre Bogotá y Quito.
Y si el fin del mundo te agarra con resaca un primero de enero, Carulla te tira un salvavidas de plomo con “Cumbia suicida”, un grito de auxilio tropical que te obliga a sudar el veneno.
Hay espacio para el filo contestatario en “Estás pintao’”, un dardo envenenado de dub-ska directo a las sonrisas plásticas de la industria, y para el desgarro del desamor en clave de fuelle con el vallenato “Nadie sabe qué pasó”.
La libertad de ser “Casi” cualquier cosa
Para llegar a esta obra magna, Casi tuvo que cambiar su perspectiva. Haciendo honor a su nombre, Casi es un ente camaleónico. Si en 2023 exploró la vulnerabilidad acústica con “Sombra y garabato”, y luego escupió furia grunge y punk en “Nunca nada fue peligroso”, hoy asume su rol de ser el alquimista mayor del rock latinoamericano.
Cobijado por la producción de Antonio Urdaneta y la magia en la mezcla de Santiago Navas, uno de los pesos pesados de la vanguardia bogotana, el álbum abre con una “Intro” que samplea la percusión cruda de “La perla”, advirtiendo desde el segundo cero que este viaje viene cargado de calle y folclore distorsionado.
Si el tiburón se come el cable no es solo el tercer disco de un músico bogotano. Es la confirmación de que, en Colombia, el rock mestizo sigue vivo, escondido en la noche, listo para morder los cables y dejarnos incomunicados, a solas con nuestros propios demonios.




